sábado, 28 de agosto de 2021

LA ÚLTIMA VEZ QUE PRONUNCIÉ TU NOMBRE (José Manuel Cansino en La Razón el 15/4/2019)

 


Envío; a José Ramón.

Acaso ni recordamos la última vez que pronunciamos Su nombre.

En lo cotidiano de nuestras conversaciones rebosan los nombres de los jefes y compañeros de trabajo. Abundan las menciones a los vecinos, a los amigos, a lo que la cuñada ha hecho o a lo que la suegra acaba de decir. Llenamos nuestros días y nuestra boca de nombres de quieres merodean por lo cotidiano pero hay un nombre que, particularmente en España, está de huelga en nuestras tertulias, se ausenta de nuestra mesa o parece no caber en las recomendaciones que enviamos por whatsapp a quien nos pide opinión sobre lo urgente, sobre lo importante o sobre lo absolutamente superficial.

En estos días en los que abril trepa por las ventanas y se oye el llanto metálico de las cornetas estaremos ágiles en evitar su nombre sustituyéndolo por instantáneas, fotos panorámicas o decenas de videos, pero seguirá sin estar en nuestra conversación como si lo está la última arbitrariedad que atribuimos a nuestro jefe o el más reciente de los desaires que decimos haber recibido de un familiar. Escribió Somerset Maugham cómo de asombroso era que los seres humanos, que vivimos tan poco tiempo, nos esforcemos en causarnos mutuamente tantos dolores. Así es y, sin embargo, es llamativo que alguien que motiva tantas decisiones y comportamientos esté por estrenar en infinidad de labios a pesar de que, decía Don Antonio, hable para nuestros adentros en el verdeo de las cosas.

Es como si, en una claudicación ante la corrección política, hayamos caído en una autocensura que nos recomienda no hablar de quien está mal visto o bien que, en el fondo, para quienes dejamos que aún cocine Dios en nuestros pucheros, lo hagamos como meros consumidores de sacramentos –ora en la comunión del niño, ora la unción del enfermo que se nos va- pero en absoluto como agentes de Fe. Lo dejamos cocinar en nuestras entrañas pero sin reparar ni en la razón de los ingredientes que emplea ni en los tiempos. Lo dejamos que venga a auxiliar a quien se despide sin reparar en que nos hemos cerrado al tiempo del cielo y sin ese tiempo, el auxilio no tiene sentido más allá que el de la más absoluta de las despedidas. Así hablaba José Mazuelos, médico de almas y galeno, en su homilía ante el Cristo de la Buena Muerte; el mismo galeno ursuonense que se revestía de Obispo –pues lo es- como quien va a ganarse el jornal predicando a los pies del Nazareno de Paradas y de la Virgen de los Dolores. Para un Dios que se abaja a las personas, quien se encierra en el tiempo de lo terrenal se encarcela en la más angustiosa de las cárceles; una con celdas de barrotes que la Fe lima con gran eficacia hasta abrirla al tiempo del cielo. Se lo decían a Pedro y a Lola sus hijos, “visteis nuestro primer aliento y viviremos para resguardar el último vuestro”. Entre el tiempo de los hombres y el tiempo del cielo, la vida es un mero trámite.

Cuando se pasa ese trámite se busca Su mano. Una mano que siempre está tendida aunque se ande cortito de credo y repleto de dudas. Como se dijo, nadie sabe lo que cocina en los pucheros de nuestros adentros. Quizá no se sepa porque no está en nuestros labios. 

Puede que ahora cuando lo veamos con una belleza más aplomada, más hecha y densa, sea tiempo de hacerlo cotidiano en nuestras conversaciones, tanto como en los perfiles de nuestros teléfonos en estos días en los que los saeteros mastican martinetes con palabras que duelen hasta hacer sangre en los labios. Sobre las mataduras del alma pronuncio tu nombre, Jesús.

 

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