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jueves, 21 de abril de 2016

PARÍS A LA FIRMA (José Manuel Cansino en La Razón el 18/4/2016)

En esta semana, concretamente el próximo 22 de abril, estará disponible para su firma el Acuerdo de París sobre el cambio climático alcanzado en el mes de diciembre pasado. Están invitados a la ceremonia y a la firma todas las Partes de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático. Una vez firmado, la rapidez con la que el acuerdo entrará en vigor en cada país dependerá de la práctica que tenga establecida para este tipo de compromisos internacionales. Las prácticas varían entre la ratificación, aceptación, aprobación o adhesión.



El Acuerdo será exigible el trigésimo día contado desde la fecha en que no menos  de  55  Partes  en  la Convención, cuyas  emisiones estimadas representen globalmente un 55% del total de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI), hayan  depositado sus instrumentos de ratificación, aceptación, aprobación o adhesión en la sede de la ONU.
Es en este marco internacional en el que se da un nuevo impulso al proceso de descarbonización de las economías mundiales que pasa por conseguir el desacoplamiento entre el crecimiento económico y las emisiones de GEI, o lo que es lo mismo, conseguir crecer sin que ello conlleve una mayor emisión de este tipo de gases. Esto permitiría alcanzar lo que se denomina estabilización climática.
Previo al inicio de la Cumbre de París, los países asistentes enviaron sus “Acciones Nacionalmente Apropiadas de Mitigación” (NAMAs por su acrónimo en inglés). Esto supuso una eficaz herramienta diplomática para comenzar una negociación difícil conociendo el compromiso de partida de cada país.
Lo interesante es saber cuál o cuáles son las hojas de ruta de los países para conseguir el desacoplamiento entre el crecimiento económico y el aumento de emisiones de GEI. Un artículo reciente de Nate Aden publicado por el World Resources Institute sostenía que 21 países, entre ellos España, estaban ya reduciendo sus emisiones de GEI al tiempo que conseguían un crecimiento económico positivo. El periodo que tomaba es el que va de 2000 a 2014 pero las conclusiones no son del todo correctas. He tenido la oportunidad reciente de publicar junto con otros colegas dos estudios sobre esta cuestión para la economía española en sendas revistas científicas internacionales y el desacoplamiento sólo se produjo en un año. Los resultados que ya conozco para otros países tampoco permiten ser tan optimistas.
Sin embargo, que la transición hacia economías bajas en carbono (técnicamente economías con desacoplamiento) no se haya logrado, no impide que existan hojas de ruta que conducen a ellas y precedentes que ya pueden mostrarse como logros (véanse los casos del Reino Unido y Suecia). Es importante subrayar el plural porque no hay un único camino hacia las economías bajas en carbono sino varias hojas en cada una de las cuáles el conjunto de medidas tienen un peso diferente.
De lo que no cabe duda es de que la industria de las energías renovables vuelve a tener un escenario de desarrollo ciertamente importante. No lo es menos que las industrias de base tecnológica orientadas a la mejora en la eficiencia energética lo tienen también. En las primeras España aún mantiene una posición de ventaja internacional aunque cada vez más patentes se están registrando en otros países. Algo similar puede decirse de la industria que desarrollan técnicas de secuestro o almacenamiento de las emisiones de GEI y de las que desarrollan sistemas inteligentes (Smart) aplicados a las redes eléctricas y al planeamiento urbano. Al menos estas cuatro industrias tienen un futuro muy prometedor.
Parte de su futuro va a depender mucho de en cuánto se cifren las ayudas al desarrollo, se gestione la cooperación internacional y actúe la diplomacia española. La razón del papel conjunto de la ayuda al desarrollo y la diplomacia se deriva de que muchos países de los que no figuraron en el Anexo I del Protocolo de Kioto enviaron dos niveles de compromiso. Estos países son aquellos que no asumieron compromisos obligatorios.
Efectivamente, muchos de estos países han enviado sus “Acciones Nacionalmente Apropiadas de Mitigación” con dos niveles de compromiso, uno vinculado a no recibir ayuda internacional y otro más ambicioso en el que se considera la recepción de fondos internacionales para transitar sus economías hacia el desacoplamiento.
En el caso concreto de Chile que es el que conozco por razones profesionales, se compromete al 2030, a reducir sus emisiones de CO2 por unidad de PIB en un 30% con respecto al nivel alcanzado en 2007. Sin embargo, si Chile lograse la obtención de aportes monetarios internacionales (grant) el país se compromete al 2030, a aumentar su reducción de emisiones de CO2 por unidad de PIB hasta alcanzar una disminución entre 35% a 45%.
Por tanto, es evidente que si las industrias señaladas tienen un importante respaldo en el Acuerdo de París una vez puesto en marcha, sus oportunidades se verían favorecidas por la aportación de fondos internacionales y por la labor diplomática española que siempre ha mantenido buenas relaciones con países que están decididos a crecer económicamente sin emitir cantidades crecientes de GEI.



lunes, 17 de noviembre de 2014

EL PETRÓLEO NO ENCUENTRA LA GASOLINERA (José Manuel Cansino en La Razón el 17/11/2014)


La caída del precio mundial del petróleo por debajo de los 80 dólares por barril está pasando de ser un tema que sólo concierne a los expertos a motivo de conversación de barra de bar. Pocos recursos nos afectan tanto como este combustible de origen fósil hasta el punto de tener que reconocer que el mundo occidental (en sentido económico y no geográfico) es un mundo ‘petroalcohólico’.
Hay tres derivas de esta bajada del precio del crudo; una económica, otra geopolítica y una última, medioambiental. Cada lector puede poner el orden de prioridad que desee pero todas ellas están directa pero también difusamente relacionadas.



Efectivamente el petróleo (el barril Brent de referencia en Europa) ha perdido en apenas cuatro meses una cuarta parte de su valor hasta marcar mínimos de los últimos cuatro años. La semana pasada ya perdió el nivel de 80 dólares el barril. Esto tiene dos efectos económicos directos; el primero es el de un abaratamiento en los costes de producción de las economías importadoras siempre que el menor precio del petróleo se traslade a los precios de la energía final (básicamente electricidad o combustibles derivados del petróleo). Según un cálculo del Financial Times, la bajada del precio del petróleo equivaldría a una inyección  en la economía global de 660.000 millones de dólares.
El segundo efecto económico permite enlazar con la deriva geopolítica del abaratamiento del petróleo. Con un precio por debajo de los 80 dólares el barril es posible que dejen de ser rentables los yacimientos de petróleo no convencional (‘shale oil’) y los situados en aguas ultraprofundas. Los primeros se explotan mediante la técnica de fracturación hidráulica (fracking) que supone inyectar en la tierra a alta presión agua con una mezcla química para romper la roca y liberar petróleo o gas atrapado en ella. La técnica requiere que la perforación sea continua. Aunque no son pocos los países con este tipo de yacimientos, EEUU es el que mayor uso ha hecho de ellos hasta el punto de cambiar su rol de importador a exportador de petróleo. Los yacimientos en aguas ultraprofundas más importantes hasta ahora están en Brasil.
¿Es rentable explotar estos yacimientos a precios por debajo de los 80 dólares? La extracción de un barril de petróleo convencional en Arabia Saudí (el mayor productor mundial de crudo) tiene un coste de entre cuatro y seis dólares, mientras que utilizando la fracturación hidráulica en EEUU cuesta de media entre 50 y 70 dólares. Hay analistas que sostienen que al precio actual, el 50% del petróleo no convencional estará fuera del mercado. Esto explicaría que Arabia Saudí estuviese dispuesta a mantener el precio del petróleo incluso por debajo de los 70 dólares durante los próximos dos años. Su posición dentro de la OPEP es radicalmente contraria a la de Venezuela, partidaria de reducir la producción de crudo para subir los precios. No obstante, el interés de los sauditas trasciende lo económico.
Un petróleo barato es un mal escenario para países como Irán, Irak y Siria, lo que es tanto como decir que es malo para los chiítas; un resultado muy valorado por el principal productor mundial de crudo.
La tercera deriva de la caída del precio del crudo es de índole medio ambiental. Hoy nadie discute que el sector energético tiene un papel protagonistas en las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de origen antropogénico. Las preguntas serían ¿en cuánto puede aumentar la demanda de petróleo en respuesta a su abaratamiento y en cuánto aumentarían las emisiones de GEI?
Si ponemos el foco en la parte de la energía eléctrica que se genera a partir de derivados del petróleo, los datos en España nos dicen que en el caso de abaratarse la factura eléctrica, la reacción de la demanda será muy limitada. Por cada euro que disminuya el recibo de la luz, la demanda de los hogares repuntaría en no más de 30 céntimos. Algo parecido ocurriría si la bajada del precio del petróleo se trasladase a los precios de los combustibles a pie de gasolinera –algo que aún no se ha producido ni los precedentes auguran bajadas significativas-.
Sin embargo, la demanda de energía sí es mucho más sensible a cambios en la renta disponible y ello porque la demanda de equipos electrónicos de los hogares responde mucho a cambios en la renta. Por tanto, si el menor precio del petróleo se trasladase a los precios finales de la electricidad, el repunte de las emisiones de GEI vendría no por un aumento directo de la demanda de electricidad vía bajada de precio sino por un aumento indirecto vía mayor equipamiento electrónico de los hogares. La lección es clara; hay que poner el foco en conseguir equipamientos energéticamente eficientes.

Pero todo pasa porque la bajada del precio del crudo nos dé un alivio en la cartera.