viernes, 4 de noviembre de 2016

EN ESTA CASA SÓLO VIVO YO (José Manuel Cansino en La Razón el 24/10/2016)


Una información imprecisa sobre el agotamiento del Fondo de Reserva de la Seguridad Social casi ha coincidido en el tiempo con la publicación de las proyecciones demográficas para España por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Ambas noticias sumadas han provocado cierta preocupación que en ningún caso ha superado la inquietud por saber si Bob Dylan aceptaba o no el Nobel de Literatura.



El INE nos dibuja el perfil demográfico de nuestra Nación en el horizonte de 2066. Dentro de 50 años, las españolas vivirán hasta superar –en promedio- los 91 años, tendrán un hijo en torno a los 33 años y poco más, esto es, el INE señala que la tasa de fecundidad (número medio de hijos por mujer) será de 1.38 años, una de las más bajas del mundo. Los varones viviremos hasta los superar los 88 años y compartiremos un sentimiento con las españolas; la soledad. Ya en 2031 el INE estima que más de 11.5 millones de hogares españoles (el 60 %) acogerán a una o dos personas, no más. Serán mayoritariamente viviendas urbanas ya que se prevé un muy intenso abandono de las zonas rurales que golpeará, principalmente, a Castilla-León, Galicia y Asturias.
Entre 2046 y 2066 morirán muchas personas en España, la mayoría nacidas al albur del ‘baby boom’ registrado entre el final de la Segunda Guerra Mundial y el despegue económico español en la mitad de los años 60 del siglo pasado. Al mismo tiempo el número de partos se reducirá en un 22 % con respecto a los registrados al inicio del siglo XXI.
Con todo lo anterior, el INE ofrece dos valores extremos en su proyección demográfica para 2066. La proyección optimista alcanzaría los 43.96 millones de españoles frente a los actuales 46.43. La previsión pesimista reduce la cifra hasta los 38.46 millones cuando se asume la hipótesis de una restricción a los flujos migratorios. Sin duda, la apuesta europea de suplir su decrepitud demográfica por una fuerte inmigración (unos 10 millones de personas en total se necesitarían para compensar) está recibiendo un fuerte rechazo social. Pensar que las personas se pueden sustituir como si fuesen piezas sin tener en cuenta las diferencias culturales y religiosas, ha demostrado ser tan erróneo como esperar que los terribles conflictos bélicos y las hambrunas desapareciesen de la faz de la Tierra.
Lo que algunos han llamado el ‘suicidio demográfico’ de España y, por extensión, de Europa tiene su impacto indudable en la sostenibilidad financiera de un sistema de pensiones inspirado en el criterio del reparto, es decir, un sistema que financia las pensiones actuales con las cotizaciones de los trabajadores empleados. Sistema que se ve amenazado por la evidente tendencia a invertir la pirámide demográfica, haber bajado los salarios (y por ende, las cotizaciones) tras la crisis de 2008 y mantener una tasa de desempleo de casi el 20 % de la población activa.
Es aquí donde se encendió la alarma de un hipotético agotamiento del Fondo de Reserva de las Pensiones. En realidad no es exactamente así.
El Fondo comenzó a nutrirse de ingresos procedentes de los Presupuestos Generales del Estado en el año 2000 a pesar de haberse creado en 1997. Su finalidad era la de ser un mecanismo de financiación (vale decir hucha) en etapas de fuerte desempleo como la que se inició en 2008. A la gestión del Fondo se le pusieron algunas limitaciones. Una muy importante iba dirigida a impedir que algún gobierno agotase fulminantemente sus reservas.
Para ello se estableció un límite anual equivalente al 3 % del valor que sumaban las pensiones contributivas y la gestión de las mismas. Cuando en 2012 el daño de la crisis era ya muy grave, el Parlamento respaldó que la aplicación del citado límite quedase suspendida provisionalmente. La provisionalidad de la suspensión expira a finales de este año 2016. Por tanto, aunque el Fondo sigue achicándose, lo que ahora urge parece que es conseguir un acuerdo parlamentario y mayoritario (ahí es nada) para una nueva prórroga. Los expertos estiman que esta necesidad no remitirá hasta que en España vuelvan a estar empleados unos 20 millones de trabajadores.
Pero, en un sistema de pensiones inspirado en el criterio del reparto, si no hay jóvenes trabajando, no hay posibilidad de financiación si esta se basa en las cotizaciones a la Seguridad Social. El problema es que apenas hay voluntad política por incluir la cuestión demográfica en la agenda política.
La defensa de la natalidad parece tener un efecto absurdamente estigmatizante y que provoca la paradoja por la que se preguntaba en estos días el profesor Rafael Sánchez Saus “¿por qué hay causas cuya defensa sólo puede hacerse desde la alegría, aunque los tiempos sean pésimos, y otras que hacen aflorar la rabia aunque todo reme a su favor?”
La reflexión de este pensador –mente especialmente preclara en la Universidad española- la hacía refiriéndose al nuevo éxito en Francia de la convocatoria de Le Manif pour Tous, un movimiento ciudadano cuyo fin primordial es la defensa de la familia sin adjetivos. Una familia que –según el INE- no existirá en la mayoría de los hogares españoles dentro de 50 años, salvo que decidamos otra cosa.


DÍGAME LO QUE SE DEBE (José Manuel Cansino en La Razón el 17/10/2016)


Los españoles debemos más de tres veces lo que producimos anualmente. Para ser exactos, sumadas las deudas de las Administraciones Públicas, las empresas no financieras (todas las que no se dedican al sector bancario o a los seguros, principalmente), las familias y las ONG, debemos casi 3.3 billones de euros. Entre el debut de la crisis en 2008 y el año 2015, nuestro endeudamiento ha aumentado en casi 420.000 millones de euros, una cifra que puede alarmar pero que exige un análisis estilizado.



Para empezar los comportamientos de las instituciones españolas han sido muy dispares; mientras que las deudas de las familias españolas se han reducido drásticamente (ahora debemos casi 185.000 millones menos que al inicio de la crisis) y también las deudas de las empresas (se han reducido en casi 290.000 millones de euros), el endeudamiento del sector público ha pasado de los 513.522 millones a 1.4 billones de euros en los últimos seis años. Esto último sitúa a la deuda pública española por encima del 100 % del valor de nuestro PIB. Administración General del Estado y Comunidades Autónomas han sido quienes más han contribuido a este rápido endeudamiento.
¿Y a quien le debemos el dinero? Pues, principalmente, a nosotros mismos. De los 3.3 billones de euros que debemos, 2.4 se deben a los propios residentes en España, esto es, la parte ahorradora del país le presta a la otra parte que necesita financiarse. Sin embargo, hay un dato que ha cambiado. Me refiero a nuestras deudas con el resto del Mundo. Si en 2008 debíamos 493.283 millones de euros, ahora debemos casi 354.000 millones de euros más.
Bien, ahora reflexionemos cuánto de grave es esto. Cualquiera de nosotros con un préstamo hipotecario a la espalda, debemos al banco una cantidad superior a lo que ingresamos en un año. Lo mismo le ocurre al conjunto de España; debemos tres veces más del valor de lo que producimos en un año (el PIB). Pero si los hipotecados vivimos mayoritariamente ocupados en devolver nuestro préstamo pero no necesariamente angustiados, tampoco España debería vivir angustiada por deber más de tres veces lo que genera en un año. En Economía decimos que la deuda se parece más a un variable ‘stock’; es relativamente estable y poco a poco desciende conforme se amortiza o aumenta moderadamente. Los ingresos (vale decir el PIB) son una variable flujo, cada año se generan salvo situaciones de crisis. La clave está en el ritmo al que crece la deuda y al que lo hacen los ingresos. La situación española no es de las peores.
Sí es mucho más preocupante la situación global de las economías desarrolladas. El endeudamiento sigue creciendo pero el crecimiento sigue siendo imperceptible. El Fondo Monetario Internacional acaba de dar el dato del endeudamiento conjunto de las economías del Mundo; asciende al 225 % del PIB mundial.

Lo cierto es que en España se están saldando las deudas privadas mejor que en países bastante más ricos.

miércoles, 12 de octubre de 2016

LA LENGUA QUE CRECE (José Manuel Cansino en La Razón el 11/10/2016)

En 2030, el 7,5 % de la población mundial será hispanohablante. Hoy día, el 6,7% ya lo es, porcentaje muy superior al ruso (2,2%), al francés (1,1%) y al alemán (1,1%). Dentro de tres o cuatro generaciones, el 10% de la población mundial se entenderá en español. No parece descabellado, por tanto, que el Senado de Puerto Rico aprobase en septiembre del año pasado un proyecto de ley que declara el español como primera lengua oficial en la isla y relega el inglés a segundo idioma.



Después del chino mandarín, actualmente el español es la segunda lengua materna del mundo por número de hablantes sumando a casi 470 millones de personas. Esta cifra sube hasta los 559 si se consideran a todos los usuarios potenciales de español, una cifra que aglutina al grupo de dominio nativo, el grupo de competencia limitada y el grupo de aprendices de lengua extranjera.
Mientras en España, el nacionalismo excluyente dificulta la enseñanza en español reservando el trilingüismo a la élite política y económica, más de 21 millones de alumnos estudian español como lengua extranjera en diversas regiones del planeta incluidas las que más difícilmente podríamos imaginar. Por ejemplo, más de 1,2 millones de personas estudian español en el África subsahariana.
Si nos centramos en la presencia del español en internet, nuestro idioma es la tercera lengua más utilizada en la Red, por detrás del inglés y el chino. Ya el 7,9 % de los usuarios de Internet se comunica en español y es la segunda lengua más utilizada en las dos principales redes sociales, Facebook y Twitter, ambas con un enorme potencial de crecimiento de uso en lengua española. Particularmente es la segunda lengua más utilizada en Twitter en ciudades mayoritariamente anglófonas como Londres o Nueva York. Tanto es su potencial que el uso del español en la Red ha crecido más de un 1.100 % entre los años 2000 y 2013.
Añadamos sólo un dato más; por razones demográficas, el porcentaje de población mundial que habla español como lengua nativa sigue aumentando mientras que la proporción de hablantes de chino e inglés desciende. Esta conclusión y los datos anteriores pueden consultarse en el último anuario del español publicado por el Instituto Cervantes.
Sin duda, manejarse en español es determinante. Sin ir más lejos, la semana pasada The New York Times publicaba su primer editorial en español y lo hacía para apoyar a la candidata demócrata Hillary Clinton. El voto hispano ya no sólo es determinante en algunos estados del sur, lo es en el conjunto de los Estados Unidos.
Alguna apreciación de matiz debe ser, no obstante, hecha. Por ejemplo, ¿cuál es el nivel de influencia de los hispanoparlantes en las decisiones ‘sofisticadas’? A mi me llama la atención al trabajar con la página web de la Agencia Internacional de la Energía –cosa que hago frecuentemente- que las dos únicas opciones alternativas al inglés (opción que usa la web por defecto) sean el ruso y el chino. Es posible que, en los niveles técnicos, los españoles estemos siempre dispuestos a asumir que somos nosotros los que hemos de esforzarnos en hablar en inglés con nuestros colegas de trabajo. Esta reflexión quizá no sólo alcance a los hispanoparlantes sino también a otras lenguas como el portugués habida cuenta de la influencia que tiene Brasil en toda Hispanoamérica.
Lo cierto es que seguimos empeñándonos en minusvalorar un patrimonio que, además de tener un valor cultural difícil de exagerar, es una fortaleza con la que cuentan todos los españoles en el desarrollo de su actividad profesional y empresarial. Basta ver cómo los mismos que imponen con casi exclusividad la enseñanza en otros lenguas, son también los primeros en garantizar una educación exclusiva a sus hijos que, naturalmente, incluye el aprendizaje del español. Para mayor abundamiento, mientras millones de personas buscan como pagar sus clases de español, aquí se siguen multiplicando los desplantes institucionales a la celebración del día 12 de Octubre. Sin duda es un rasgo más de una sociedad a la que se le ha enseñado a vivir acomplejada y al margen de nuestra contribución a la Historia de la Humanidad. Buena parte de España vive bajo una losa de complejos de la que hay que desprenderse cuanto antes sin que eso signifique perder la visión crítica de nosotros mismos.
El próximo día 12 muchos celebraremos el Día de la Hispanidad. Yo mismo lo haré en la sevillana Plaza del Pan.


lunes, 3 de octubre de 2016

LA LENTITUD DEL CRECIMIENTO ANDALUZ (José Manuel Cansino en La Razón el 3/10/2016)

Creceremos un poco menos que el resto de España y un poco más que el conjunto de Europa. Este es el núcleo de la previsión económica para Andalucía que acaba de publicar la Universidad Loyola. El resultado no puede ser otro que mantener la tasa de desempleo andaluz en la pertinaz diferencia de entorno a diez puntos por encima de la española (28.5 frente a la tasa de desempleo nacional de 18.5) y de veinte puntos por encima de la media de la Unión Europea (8.9 es la tasa de desempleo estimada para 2017).



Poco nuevo hay bajo el sol y, naturalmente, es razonable esperar que así sea pues los cambios en la situación económica no suelen ser abruptos entre trimestres. La salvedad son las grandes crisis que debutan en forma de burbujas que explotan como ocurrió en 2008. Sobre esto último sigue sin haber consenso entre los analistas económicos. Me refiero a que no acaba de haber una lectura claramente dominante sobre si la crisis ha sido superada o no. A modo de ejemplo, hace sólo unos días el Observatorio Económico de Andalucía reunía a destacados economistas buenos conocedores de la realidad andaluza. Mientras que el profesor Fernando Faces del Instituto San Telmo opinaba que la crisis aún no ha sido superada, el profesor José María O’Kean, de la Universidad Pablo de Olavide, estaba convencido de lo contrario.
 Sí es cierto –y así lo señala el informe de la Universidad Loyola- que la economía internacional despeja algunas dudas que se cernían sobre ella. Particularmente importante ha sido el reciente dato de crecimiento de la economía china (6.7 % en el segundo trimestre de 2016) y de otros dos importantes motores asiáticos; India (7 %) e Indonesia (5.2 %). La mala noticia la presenta la contracción de la economía rusa y, para Hispanoamérica, la economía brasileña. Pero la clave es que la economía mundial sigue sin alcanzar un ritmo de crecimiento más vigoroso y homogéneo. Uno de los datos más ilustrativos es que el ritmo de crecimiento del comercio mundial se sitúa en torno al 3 %, menos de la mitad de lo que crecía antes de la crisis de 2008. El resultado son proyecciones de crecimiento económico muy tibias de sólo el 1.63 % para el conjunto de la zona euro y del 2.4 para España y para 2017.
El Informe de la Universidad Loyola bajo la coordinación del profesor Manuel A. Cardenete, aporta un análisis sumario pero muy fibroso sobre el papel de la innovación como motor de desarrollo. Su inclusión en este informe de coyuntura responde a lo acordado en la reciente cumbre de G20 en la ciudad china de Hangzhou. En esta ciudad y en el mes de septiembre que acabamos de doblar, los mandatarios de las principales potencias económicas mundiales llegaron a un acuerdo (pomposamente denominado Consenso de Hangzhou) en dos cuestiones. Una de ellas fue poner el foco en la innovación como motor capaz de empujar a las tibias cifras de crecimiento económico. Sobre esta idea, el Informe de la Universidad Loyola aporta el dato de que por vez primera desde que se dispone de serie estadística, la solicitud de patentes realizada en Andalucía (241 en el primer semestre de 2016) superó al resto de regiones españolas.
Aunque el dato es llamativo más importante es la advertencia que se hace en el informe. Esta advertencia señala la importancia de conocer la parte de la investigación (léase patentes) que se traduce en un aumento de la facturación empresarial (léase innovación). Con este matiz, los datos siguen arrojando cifras no muy buenas para Andalucía lo que no impide reconocer los esfuerzos que se llevan haciendo desde hace años en la transferencia del conocimiento desde los centros de investigación al sector empresarial.

El otro acuerdo del G20 es difuso y ya veremos si también efímero, pero no deja de llamar la atención. Los mandatarios de las grandes economías mundiales reconocen que la política monetaria expansiva no da más de sí para reactivar el pulso de la economía. Sin duda las medidas de compra masiva de activos financieros tóxicos (las ‘Quantitative easing’) han servido para evitar el colapso de unas economías extraordinariamente financierizadas, pero unos tipos de interés del 0 % no han conseguido tasas de crecimiento económico significativas. Parece que se va dejando atrás la política de austeridad fiscal. Ya veremos hasta donde llega esa recomendación que de momento es vaporosa.

martes, 27 de septiembre de 2016

LA REDISTRIBUCIÓN EN CIFRAS (José Manuel Cansino en La Razón el 26/9/2016)

La desaprobación social de la desigual distribución de la renta está bien extendida en España. Esto explica el fuerte respaldo electoral de los partidos instalados en el denominado "consenso social demócrata" y que, en la práctica y bajo siglas muy dispares, son todos. Esto es, todos son partidarios de un sistema redistributivo basado en impuestos progresivos y programas de transferencia de renta.

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Sobre este lugar común en el que se encuentran todos los partidos con apenas diferencias de unos pocos puntos de alza o rebaja en los tipos impositivos, suelen faltar los datos que nos digan cuánto de redistributivo es el sistema público español en comparación con el contexto internacional.
Estos datos los ponen Janet Gornick y Branco Milanovic, ambos profesores de la Universidad de Nueva York
Aunque su análisis se centra en el caso de EEUU, nos aporta los datos que permiten replicarlo para España. Para entenderlo sólo necesitamos manejar un concepto estadístico elemental; el Índice de Gini. También aquí viene la Wikipedia en nuestro auxilio para decirnos que el Índice de Gini es un número que toma valores entre 0 y 1, el valor 0 se corresponde con la perfecta igualdad (todos tienen los mismos ingresos) y donde el valor 1 se corresponde con la perfecta desigualdad (una persona tiene todos los ingresos y los demás ninguno).
Con esto en la mano, los profesores citados han calculado el Índice para 19 países -entre ellos España-. Lo calculan para el conjunto de los hogares y diferencian entre el valor que toma cuando se consideran directamente los ingresos procedentes del mercado (principalmente salarios y rendimientos del ahorro) y el que toma una vez que se expone a los hogares al pago de impuestos y a la posible recepción de transferencias del Estado.
La diferencia entre el valor que toma el Índice de Gini con los ingresos del mercado y el valor que toma después de "pasar" a los hogares por los impuestos y los subsidios, da una imagen cercana de la magnitud de la redistribución de la renta en cada país. Así, una fuerte reducción desde el valor de mercado al valor del Índice después de impuestos y transferencias nos dirá que en el país en cuestión el sector público es fuertemente redistributivo y, por tanto, reduce considerablemente la desigualdad entre los hogares más ricos y los más pobres.
Vista en términos absolutos, la desigualdad de los ingresos del mercado es alta en España (su valor es de 0,51 siendo 0 el valor de la equidistribución). Sin embargo, en términos comparados con el resto de países, el nivel de desigualdad en España no se distancia mucho de los demás. Varios países tienen niveles similares o superiores de la desigualdad en los ingresos directos de mercado. En términos de esta desigualdad, España se sitúa en el quinto lugar junto a Francia y a no mucha distancia del resto de países ricos del mundo.No obstante, cuando se considera la desigualdad de la renta disponible (una vez pagados los impuestos y recibidos los subsidios por aquellos hogares que tienen derecho legal), España sube a la tercera posición (0.33) ex equo con Australia, Italia y Grecia, pero casi al mismo nivel que Estonia, Canadá y Polonia. El menor nivel de desigualdad lo exhibe Dinamarca (0.25) y Noruega (0.24). En definitiva, la intensidad redistributiva del sistema español está muy homologada internacionalmente pero a una distancia notable de dos claros ejemplos de países con un fuerte Estado del Bienestar.
Es posible ser aún más preciso en esta cuestión sobre la que se suele pasar argumentando muchos lugares comunes y pocas cifras. Por ejemplo, repárese en que el grado de redistribución se puede calcular por la diferencia entre los dos valores del índice de Gini. Así las cosas, España y Francia tienen el mismo grado de desigualdad en la renta de mercado pero la redistribución en Francia es de 22 puntos y en España de 18. El país con mayor intensidad redistributiva es Irlanda 29.
Las posibilidades de mantener o modificar el sistema público de redistribución de la renta depende de varios factores, dos son especialmente determinantes; el demográfico y el funcionamiento del sistema impositivo. Sobre este último se cierne una amenaza que erosiona gravemente su capacidad recaudatoria y, por tanto, la posterior capacidad redistributiva del sistema.

La amenaza es el impacto de la percepción del nivel de corrupción en el fraude fiscal de un país. Es un resultado conocido que cuando la primera aumenta lo hace también el segundo. Este es un desafío no menor ante el que España se enfrenta.

domingo, 18 de septiembre de 2016

¿ESTO ERA LA GLOBALIZACIÓN? (José Manuel Cansino en La Razón el 19/9/2016)


Cuando se hablaba entusiasticamente de la globalización nadie dijo que para miles de españoles supondría hacer las maletas y cruzarse el Mundo sin saber si el billete de ida también lo era de vuelta. Así lo veo mientras tomo café a 14.000 de Sevilla con Juan y María, doctores en Biología molecular por la Universidad de Sevilla que trabajan al Sur de Chile.
Para ellos la globalización consistió en que una universidad emergente vino a España a cazar talentos y dio con dos jóvenes doctores a los que sus horas de contrato como becarios de investigación se les iban reduciendo agonicamente, año a año. Tras el estallido de la burbuja inmobiliaria el último contrato de uno de ellos fue de cuatro horas a la semana.



La globalización no ha supuesto para cientos de miles de compatriotas vivir mejor.  Se pensaba que la Aldea Global a la que se refería el sociólogo canadiense Marshall McLuhan era la de un idílico pequeño Mundo. Entre 2008 y 2015, salieron de España 3.212.304 personas; de ellas 297.470 residentes en Andalucía. Son los datos que arroja la Estadística de Migraciones exteriores del Instituto Nacional de Estadística. Pero los datos hay que tomarlos con cautela. Basta tener en cuenta que aún la Encuesta de Población Activa registra casi 4.575.000 desempleados en España (1.161.000 en Andalucía). Por tanto, es imposible que hayan emigrado tantos residentes y el paro se mantenga en niveles tan elevados y poco diferentes a los de 2008. Naturalmente, parte de los que se fueron han regresado en poco tiempo. Probablemente sea que la morriña puede más que trabajar lejos. Los mensajes del pensamiento único globalizador no nos prepararon para cruzar el Atlántico. Sólo para comprar on line desde casa y a crédito.
Pero la lógica del mercado es aplastante. Contra esa lógica si alguien advierte que determinadas carreras universitarias tienen poca demanda profesional poco se tarda en anatemizar al que sugiera reducir el número de plazas. Poco importa que luego el licenciado acabe –como era previsible- trabajando en algo para lo que apenas requería el treinta por ciento de lo que aprendió. En una sociedad sin ambición, cientos de miles de personas están dispuestas a colgar el título de licenciado a las pocas semanas de obtenerlo en una universidad pública donde los contribuyentes han pagado la mayor parte de los estudios del niño o la niña.
A pocos parece importar la advertencia de la poca salida profesional de determinadas carreras. Con muchos o pocos alumnos, la Facultad de turno debe seguir abierta y si luego no hay empleo vendremos a decir que se debe a los recortes del gobierno que toque porque, en el fondo, se pide que el Estado financie la enseñanza y luego financie el empleo. Pocos son lo que advertimos a nuestros alumnos que la globalización no es sólo, ni principalmente, comprar on line en China para que te llegue a casa en una semana. La globalización es saber que vas a obtener un título muy similar al de millones de jóvenes con la diferencia de que ellos saben inglés y tú no, y ellos están dispuestos a cruzarse el mundo para trabajar en aquello que han estudiado y tú no quieres dejar el barrio ni con agua caliente.
La globalización es que venga a ponerte una oferta de trabajo una universidad hispanoamericana (permítanme que prefiera este término) porque valora la formación que los investigadores españoles tienen y porque sabe que aquí no hay empleo para tanto doctor. La cuestión es sencilla; aquí está el contrato, el dinero y el desarraigo. La alternativa es el barrio, la familia y el paro. Nadie te contó este reverso de la moneda de la globalización pero aquí está.
Naturalmente podría ser peor. Podría ocurrir que aquí no hubiese empleo y que nadie fuera valorase la calidad de la formación de la universidad española. Bueno, todo es cuestión de ponerse. Podemos engañarnos pensando que ser un país que hace de la incapacidad de formar gobierno algo festivo no supone un espectáculo para quien nos mira con interés desde fuera. Y bien que nos miran pese a todo y contempla el lamentable espectáculo de nuestra enfrentada clase política.
¿Cuál es la alternativa a la globalización? Para algunos movimientos políticos y sociales europeos, la alternativa es del derecho preferente de los residentes en el país (en rigor defienden el derecho de los residentes legales y no sólo de los nacionales). El pensamiento liberal que amparó el proceso globalizador (libertad de circulación de capitales, personas y mercancías) entiende que el derecho preferente a los residentes impide que el mercado alcance su máximo de eficiencia. En la aldea global la máxima eficiencia exige que si el mejor candidato para un empleo en Tailandia reside en España, no debe tener trabas que lo desincentive a tomar las maletas camino Asia. En sentido contrario, el derecho de trabajo preferente dificultaría este movimiento migratorio y, consecuentemente, el funcionamiento eficiente del mercado de trabajo. El problema está en que hay millones de personas que no han disfrutado de los pretendidos beneficios de la globalización porque valoran más su lugar de residencia que un salario mayor. Nadie puede olvidar que las motivaciones económicas no son las únicas que mueven a la Humanidad.
Con todo, la globalización de hoy es la emigración a Europa de los años cincuenta del siglo pasado. Es hacerse las Américas antes y ahora. Es irse a Gran Bretaña a poner copas y limpiar el mostrador con el título de licenciado.

Si alguien valora especialmente a su tierra, la alternativa es elegir bien aquello en lo que se va a formar. Pese a su encarecimiento tras las reformas últimas, la universidad española y los ciclos de formación profesional ofrecen una buena calidad si la comparamos con la de decenas de países. Falta avanzar en el manejo de idiomas extranjeros y, sobre todo, falta saber que puede llegar el momento en el que para trabajar en aquello que tenemos por vocación, haya que hacer las maletas y buscarse el pan lejos del barrio. Si lo hacemos bien y queremos, hay billete de retorno. Seguro.

jueves, 15 de septiembre de 2016

LA ECONOMÍA COLABORATIVA. VA EN SERIO (José Manuel Cansino en La Razón el 12/9/2016)

Hace poco más de una década la conciencia ecológica en Occidente imponía el papel reciclado. En el pie de firma de los correos electrónicos institucionales se nos rogaba pensar si era verdaderamente necesario imprimir el mensaje o podíamos evitarlo a fin de preservar los bosques. Las superficies forestales parecían ciertamente amenazadas por el uso masivo del papel. Los jóvenes de hoy probablemente no escriban una sola carta en su vida. Ahora leemos mensajes en pantallas, grandes o pequeñas, ya no usamos las cartas y cada vez menos imprimimos documentos. Los guardamos “en la nube”. Desapareció la angustia porque la necesidad de papel acabara talando masivamente los bosques con la misma rapidez que se ha reducido el poder de la industria papelera. Hoy, encontrar un folio de papel reciclado es una rareza.
Nos comunicamos por mensajes de texto o notas de voz enviados desde teléfonos móviles inteligentes fabricados en China por 25 dólares y que tienen una capacidad mucho mayor que la de los usados para enviar al hombre a la luna.
Las telecomunicaciones siguen provocando unos cambios tan vertiginosos que para algunos analistas están sentando las bases de unas relaciones económicas diferentes. En palabras del sociólogo y economista Jeremy Rifkin, se está originando una “economía colaborativa”. Una interesante interpretación expuesta por el autor en una reciente entrevista en El País y sobre cuya pista me puso Cisco Márquez, sin duda uno de los creativos gráficos más vanguardistas de Andalucía.
A diferencia de las profecías vaporosas habituales y abonadas a pronosticar el fin del sistema económico que impera en Occidente, Rifkin nos invita a mirar a nuestro alrededor para identificar cambios de calado en las relaciones económicas cotidianas.

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(Jeremy Rifkin)

Por ejemplo, a través de una aplicación informática intercambiamos nuestra casa con unos desconocidos o decidimos compartir coche con quienes hacen la misma ruta que nosotros. O localizamos a alguien que nos haga de taxista con su vehículo particular. Por cada vehículo que se comparte, Rifkin estima que se dejan de vender 25. No es sólo la industria papelera, también la poderosa industria del automóvil se verá amenazada por el uso de las telecomunicaciones si, finalmente, el patrón de consumo de millones de jóvenes cambia y la compra de un coche deja de estar en su agenda. Ahora sólo interesaría tener resueltas las necesidades de movilidad pero no la de comprar un coche propio. Bastaría compartir el de otros.
Probablemente en ese mismo coche que se comparte los usuarios van distrayéndose con vídeos que ellos mismos han producido con aplicaciones sencillas pero con la calidad de un estudio de sonido. La también poderosa industria de la música se ha visto vapuleada por las nuevas tecnologías. La economía colaborativa apunta a unas relaciones económicas en las que generaciones que vivirán con salarios inferiores a los de sus padres comparten casa, ropa, entretenimiento y comida a base de aplicaciones en el móvil. Dispositivos que te conectan con millones de personas con el mismo paupérrimo salario que tú.
Rifkin advierte que concurren en estos años tres cambios que han estado presentes en las dos (o las tres, según se mire) revoluciones industriales. Hay cambios enormes en las comunicaciones, la logística y la energía.
En esta última, además de sumarse a la apuesta por las energías renovables, augura un cambio central en el sistema de distribución de electricidad. En concreto, asume como cercana la distribución de energía eléctrica a través de redes inalámbricas. Sin necesidad de conexión por cable entre la fuente de alimentación y el dispositivo electrónico.
El invento no es nuevo y se debe a Nikola Tesla. La energía se transmite por un campo electromagnético a un dispositivo que la vuelve a convertir en energía eléctrica y la utiliza. En definitiva, Rifkin está dando por hecho que pronto habrá una tecnología madura a nivel de mercado que consista en un sistema inalámbrico para, por ejemplo, cargar dispositivos informáticos portátiles.
Así las cosas, imaginemos el siguiente ejemplo de economía colaborativa. Un grupo de amiguetes que mal viven con unos salarios pírricos montan un aerogenerador en el garaje donde hacen las botellonas. A continuación instalan el dispositivo inalámbrico para cargar sus móviles y ordenadores portátiles con la electricidad que genera el pequeño molino. Con esto demuestran que no necesitan una planta de generación eléctrica ni una empresa de distribución de electricidad. El ejemplo es mío pero Rifkin está convencido de que frente a esto, la industria eléctrica tiene el mismo poder que la industria papelera para obligarnos a escribir cartas. Fue Keynes quien dijo que tarde o temprano son las ideas y no los intereses creados los que determinan el futuro.
Indudablemente ejemplos de economía colaborativa han existido siempre (compartir coche, prestarse libros, heredar ropa, …) la diferencia es que las telecomunicaciones pueden hacer masivas estas prácticas al poner en contacto a millones de personas en tiempo real y con un sistema de transporte (logística) rápido y barato. Necesariamente barato porque sus usuarios forman parte de una generación que ya asume que sus salarios serán más bajos que los de sus padres.