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miércoles, 1 de abril de 2015

FAMILIA Y ECONOMÍA (José Manuel Cansino en La Razón el 30/3/2015)

La familia no sólo es el tema central del actual Sínodo de los Obispos. Es también, valga la perogrullada, un pilar social incuestionable sobre el que en las últimas décadas se descargan ríos de tertulias en el mundo Cristiano y no cristiano. La disputa a la concepción cristiana del concepto de familia por parte del pensamiento más cristofóbico que laicista, ocupa manuales de educación obligatoria y discursos políticamente correctos. Unos y otros serán la antesala no del respeto a las diferentes formas de familia, sino el bautismo laico como tal de casi cualquier suma aritmética de seres –a saber si sólo humanos- sin más criterio que el afectivo.



Pero este no es nuestro objetivo en esta tribuna sino analizar el papel que la familia recibe en la Economía. Una opinión –mi opinión- que me solicitó recientemente uno de los más influyentes ‘think thank’ confesionales de Andalucía, la Asociación Católica de Propagandistas.
El análisis de la familia desde la perspectiva económica no ocupa lugar alguno en el que de momento es el texto central del Sínodo de los Obispos. Esto es algo que no debe sorprendernos porque el económico no tiene por qué ser un punto de vista prioritario. Sin embargo en el análisis económico sorprende –y mucho- que la familia esté casi ausente en el análisis Microeconómico mientras que juega un papel fundamental en el Macroeconómico.
Mientras que las decisiones microeconómicas de consumo (o ahorro), de producción, de oferta de trabajo (o demanda de ocio) o de emprendimiento (o inversión) son analizadas científicamente desde un punto de vista individualista por la Microeconomía, cuando pasamos a las cifras agregadas de la ‘Macro’, el resultado cambia y mucho.
Aunque extramuros de los manuales de Microeconomía, la familia aparece explícitamente en la Contabilidad Nacional, esa de la que buena parte la sociedad fue consciente a finales del año pasado cuando se supo que pasaban a formar parte del PIB la prostitución y parte de las actividades delictivas. Efectivamente, en el Sistema Europeo de Cuentas de 2010, también en el anterior de 1995, las familias aparecen como un sector económico diferenciado como las Administraciones Públicas o las empresas financieras y no financieras. 
El gasto en consumo de las familias (reparen en que no se contabiliza el gasto de los individuos) ascendió en 2013 -último dato disponible- a casi 600.000 millones de euros. Así las cosas, esto representó el 57 % del PIB español.
Pero además, las familias son parte importante de las decisiones de inversión pues no de otra forma se considera el gasto en vivienda que es un gasto de inversión pero realizado por las familias y no por las empresas.
La familia en la Economía recibe un trato no muy diferente al que recibe en el debate social cotidiano; despreciada por unos (como lo hace la Microeconomía) y subrayada por otros (como la Macroeconomía). Quizás este sea otro de los tantos ámbitos en los que el debate desprejuiciado -sin juicios a prioristicos- deba ceder protagonismo al sentido común. El sentido que reconoce un papel sociológicamente determinante a la familia en todas las civilizaciones de la Historia.
Aunque estemos en Semana Santa y, como en Navidad, aflore un sentimiento epidérmico y fugaz que indulta los grandes gastos de las cofradías con el argumento de la bolsa de Caridad que también manejan durante todo el año, la familia no debe recibir atención como realidad económica sólo por su papel de ‘red’ en las graves etapas de crisis. Objetivamente considerada, la familia es el seno donde se toman decisiones económicas cruciales para el desarrollo económico de cualquier Nación.
En la familia se decide quién y cuanto se trabaja en función no sólo de las necesidades económicas sino también de las atenciones educativas y afectivas que los hijos demandan. En la familia es donde se vive el ejemplo del emprendimiento o de la comodidad; la proclividad a asumir el riesgo de una subvención, a desarrollar la carrera en el servicio público o a vivir a la caza y captura de la paguita. En la familia se aprende en valor del esfuerzo o la cultura del mangazo. Todo ello, en una lectura microeconómica de las cosas acaba marcando el comportamiento de la oferta de trabajo, de la inversión o de la promoción profesional.
Son estos aspectos todos cotidianos e importantes que deberían ir de la mano de un mayor respeto a la familia en el sentido sociológico y central del término.


domingo, 24 de noviembre de 2013

“Ethic labeling”, cuando se compra según conciencia; (por José Manuel Cansino en http://www.forouniversitarioelescorial.com )

Con motivo de una interesante intervención del profesor de Economía, Jaime Javier Domingo, en el Centro de Estudios de la Asociación Católica de Propagandistas de Sevilla, se generó un fructífero intercambio de ideas que resumo en este artículo . La conferencia llevaba el título de “Economía y compromiso cristiano”.
De las cuatro áreas tradicionales del análisis microeconómico -Demanda, oferta, mercados y distribución- los pensadores cristianos suelen prestar especial atención a la cuarta; la que explica la distribución de la renta (y los derechos de propiedad) según el valor de la aportación de los factores productivos a la producción.
La crítica a la particular forma en la que se reparte el valor generado por una empresa o el conjunto de una economía entre las personas acaba conduciendo a la Caridad como acción compensatoria o redistributiva de carácter voluntario. Especialmente esto es así tras la promulgación de la Encíclica ‘Cáritas in Veritate’ de Benedicto XVI.



Pocas veces el análisis trasciende del ‘área Microeconomía ‘ de la distribución para analizar la parte del mercado o más exactamente de sus ‘fallos’ que llevarían a un análisis desde la moral de la imperfección de los mercados y de la forma en la que la acción regulatoria puede acercarlos o alejarlos del bien común .
Menos frecuente aún es oír a los intelectuales cristianos analizar el ‘área o bloque del consumidor’ que también forma parte de la Microeconomía. Lo habitual es despachar la cuestión con una llamada oportuna a la austeridad o una condena genérica al consumismo. Un modelo -el consumista- que de revisarse a la baja llevaría a millones de personas al paro. Entiéndase esto como un mero pronóstico técnico y no como un juicio moral.
Pero de todas las partes del análisis Microeconómico, el bloque de la Producción es el que menos atención ha recibido de los moralistas cristianos. Con frecuencia se sigue hablando del beneficio de la empresas como si el consumidor fuese una mera víctima de campañas de publicidad alienantes.
Hace más de medio siglo que la definición de beneficio empresarial reducida a la diferencia de ingresos y costes de producción fue abandonada por los economistas académicos. Sin embargo sigue en el discurso de los moralistas.
Los consumidores disponen de un instrumento extraordinario para hacer de la actividad económica algo más próximo a su ideal moral. Ese instrumento es su soberanía. La soberanía que, no en todos pero si en muchos mercados, les permite elegir qué productos y a qué empresas comprar según su código ético. Por ejemplo los consumidores decidirían dónde y qué comprar según si la política de recursos humanos de la empresa en cuestión respeta la baja por maternidad, las garantías de promoción profesional, la igualdad de oportunidades, etc. O según se tenga certeza de que los productos que comercializan no están fabricados en situaciones de explotación infantil. O que la empresa garantiza el respeto al medio ambiente.
Todo esto se ha resuelto en muchos ámbitos a través del etiquetado. El etiquetado ayuda al consumidor a resolver su problema de falta de información y discriminar a favor de la compra de lo que valora.
Los británicos fueron pioneros en el ‘eco labeling’; un sistema que advierte al consumidor de las emisiones de CO2 empleadas en la obtención de cada producto. De esta forma el consumidor si lo desea, puede discriminar en favor de los productos y empresas ‘limpias’.
En el campo ético ya existen precedentes importantes. Por ejemplo hay fondos de inversión que exhiben su certificado ‘ético’ cuando una consultora garantiza que entre sus activos subyacentes no hay acciones o valores de ninguna empresa que se dedique a negocios considerados ‘anti éticos’.
Los consumidores pueden usar su soberanía en esta misma forma. Las asociaciones de consumidores o algunas consultoras podrían poner en marcha la obtención de este tipo de certificaciones o etiquetado ético a las empresas que voluntariamente se sometan a las auditorías.
El resultado sería el mayor beneficio de estas empresas, de sus trabajadores, de sus proveedores y, en fin, de lo que los anglosajones llaman ‘stakeholders’ de la empresa.
Merece la pena explorar este camino.