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martes, 10 de marzo de 2015

¿ES DE RADICALES LA REORDENACIÓN DEL SECTOR PÚBLICO? (José Manuel Cansino en La Razón el 9/3/2015)

La Junta de Andalucía se comprometió a adelgazar el sector público andaluz dentro del paquete de medidas para hacer frente a la crisis financiera y económica desatada en 2007. La medida más importante para acometer ese objetivo fue la denominada “Reordenación del sector público de la Junta de Andalucía”.  La medida se tradujo en una aparente decisión de suprimir hasta 95 consorcios mediante un acuerdo del Consejo de Gobierno de 27 de julio de 2010. Así lo tiene publicitado la propia Junta en la web destinada a inventariar los entes de la Comunidad Autónoma. En esa comunicación especifica que la información está actualizada a día 3 de Febrero de 2015.



El calificativo de “aparente” que se le puede aplicar a esta decisión se justifica de la siguiente manera. Basta con recorrer la información en la pantalla del ordenador hasta el final para encontrarse con un enlace que dice llevar al “Inventario de Entes de la Comunidad Autónoma de Andalucía en la web del Ministerio de Economía y Hacienda”. Ya veremos que donde verdaderamente lleva es al Ministerio de Hacienda.
La sorpresa es que cuando se consulta esta información aparecen formando parte del listado los 95 consorcios que la Junta de Andalucía exhibe como suprimidos en aplicación de la decisión de “Reordenación del sector público”. La información aclara que está actualizada a fecha de 1 de julio de 2014. Es decir, cuatro años después de la decisión del Consejo de Gobierno de la Junta de suprimir estos 95 consorcios, siguen figurando como parte de los Entes de la Junta de Andalucía en la información oficial del Ministerio de Hacienda y Administraciones Públicas. Por cierto hay un error en la información institucional pues la Junta dice enlazar con el Ministerio de Economía aunque con quien se enlaza es con el Ministerio de Hacienda.
Que nadie haya advertido de esta llamativa situación probablemente evidencia un desinterés no sólo social sino también en los partidos de la oposición y aún del propio gobierno regional, por verificar el cumplimiento de algo tan importante como es la reforma de la Administración Pública. La explicación no es difícil de encontrar en la falta de visibilidad del coste fiscal de estos y otros entes públicos. Sólo si los ciudadanos perciben el coste fiscal de la Administración (la convencional y la paralela) con la misma insistencia con la que se asiste a una campaña mediática institucional, se podrán ver los beneficios de esta reforma y se prestará también atención al efectivo adelgazamiento del sector público. Un adelgazamiento que debe reducir finalmente el nivel de endeudamiento y/o la presión fiscal.
Pero si esto se puede decir de la Administración Regional, sin duda es la reforma del Estado una de las tareas pendientes que ha dejado sin acometer eficazmente el gobierno de la Nación. Recientemente, el Observatorio Económico de Andalucía promovió un Manifiesto que explicaba de manera meridianamente clara el proceso de “inflación administrativa” que soportamos. El Manifiesto denunciaba que el proceso había sido "consistente con los intereses corporativos de los partidos políticos, ya que el desarrollo autonómico les permitió aumentar sus posibilidades de reproducción con mayores competencias, financiación y empleo público (...)". Es evidente que la solución no puede venir de la mano de los mismos partidos que nos han llevado hasta aquí.
Para los próximos días el mismo Observatorio ha promovido actos en los que los partidos con opciones “demoscópicas” a entrar en el Parlamento de Andalucía van a exponer sus programas económicos. En esta cuestión del adelgazamiento de la Administración resultan interesantes las propuestas de VOX, Ciudadanos y UPyD, sin bien en este último caso su apuesta por el federalismo resulta desconcertante si se quiere conjugar con el adelgazamiento de la Administración.
Parte del éxito de la reforma administrativa que ya han realizado países como Alemania, Italia o Francia, consiste en dejar claro que los derechos fundamentales corresponden a las personas y no a los territorios ni a los grupos de interés. Derechos que deben ser accesibles –en igualdad de condiciones- a todos los españoles residamos donde residamos.

Esta no es una demanda radical aunque con frecuencia los dirigentes acostumbren a llamar “radicales” a todos los que suponen un riesgo para su perpetuación en la poltrona. Es un camino que ya han recorrido otros países de referencia.

lunes, 24 de febrero de 2014

EL LIBERALISMO IMPOSIBLE (José Manuel Cansino en La Razón el 24/2/2014)



Pocos dudan del inminente cambio en el panorama político español con la entrada en el arco parlamentario de nuevos partidos. Se dibuja un panorama que acabará con el bipartidismo diseñado por los hacedores de la Transición y que con el argumento de la ‘estabilidad’ apoyaron a dos grandes bloques a izquierda y derecha del centro.
No nos ocupamos en estos artículos de asuntos políticos sino económicos aunque con frecuencia unos y otros se solapen. Así ocurre con los programas económicos de las opciones políticas; también de las nuevas. El programa económico es algo en lo que necesariamente se han de diferenciar unos de otros aunque a veces las diferencias tales lo sean más de pose que de fondo.



En este sentido, mientras que UPyD y Ciudadanos se han posicionado abiertamente en defensa del estado del bienestar y de la consecuente intervención pública que conlleva su gestión y financiación, VOX ha reivindicado para sí un discurso abiertamente liberal frente al programa político socialdemócrata que atribuye también al partido en el gobierno.
El término liberal en la política española tiene un significado muy diferente al que tiene en la mayoría de países occidentales. Las raíces más importantes de esa muy diferente forma de entender lo ‘liberal’ hay que buscarlas en la política española de finales del siglo XIX. De ahí en adelante, mientras que ser liberal en lo político y en España suele entenderse en términos de anticlericarismo, ser liberal en la mayor parte de países se entiende desde el compromiso político con el liberalismo económico, la intervención mínima del Estado en la vida económica y el tamaño también mínimo del Estado del Bienestar. El encendido debate sobre el programa de reforma sanitaria del Presidente Obama probablemente sea el mejor y más actual exponente de estas dos formas de entender el papel del Estado.
Aclarado necesariamente lo anterior, ¿qué posibilidades de respaldo social tiene un discurso liberal en lo económico?
Charles Wolf (jr) en su célebre “Mercados o gobiernos: Elegir entre alternativas imperfectas” (Instituto de Estudios Fiscales, 1995), expuso oportunamente que la sociedad occidental ha asumido como ‘suyo’ buena parte del conjunto de prestaciones del Estado del bienestar. En otras palabras, se considera como casi un derecho fundamental de la persona acceder a prestaciones públicas y gratuitas como la sanidad, la educación, la prestación por desempleo o el sistema de pensiones. Ninguna de estas prestaciones las asumían los estados a comienzos del siglo XX.
En menos de un siglo, las sociedades occidentales han dado por hecho que el conjunto de prestaciones que el Estado del Bienestar garantiza es algo intocable. Se pueden discutir aspectos no poco importantes del sistema, por ejemplo una educación pública financiada por cheque escolar o a través de un sistema de centros concertados, pero la sociedad mayoritariamente rechaza el desmantelamiento de la educación pública incluso a cambio de menos impuestos que permitan pagar y elegir educación privada.
Hay otra forma de argumentar el discurso liberal; a través de la reivindicación de la desregulación de los mercados y/o de la privatización de empresas públicas con el argumento de que la gestión privada es más eficiente.
Si este es el discurso que se desarrolla habrá que tener en cuenta un par de cuestiones. En primer lugar, la desregulación del sistema financiero en EEUU se tradujo en la derogación en 1999 de la Ley Glass-Steagall sobre el argumento de la Teoría del funcionamiento eficiente de los Mercados de Capitales y de la Teoría de las Expectativas Racionales. Esa desregulación nos ha llevado a que el sector público –vía deuda pública y Banco Central Europeo fundamentalmente- tenga que inyectar el 15 % del PIB español para rescatar a buena parte de la banca y así garantizar los depósitos de los ahorradores españoles ¿El planteamiento liberal supone también renunciar a un prestamista de última instancia como el BCE?
La otra cuestión a considerar –la recomendación liberal de privatizar las empresas públicas- lo resume bien el caso de ENDESA; una empresa originariamente pública que se privatiza para que acabe comprándola otra empresa semipública –ENEL-, extranjera (italiana) y cobrando por la electricidad hoy un 80 % más que hace diez años. Probablemente sea el momento de reivindicar una mayor presencia pública en determinados sectores industriales estratégicos como, de hecho, ocurre en buena parte de países desarrollados.

Algo bien diferente es entender el discurso liberal como la desregulación y simplificación administrativa nacida de una recentralización del Estado que acabe con muchas duplicidades y triplicidades de competencias. En este discurso se asemejan los programas políticos de UPyD, VOX y otras opciones políticas de menor respaldo. Pero téngase en cuenta que en este caso la rebaja de impuestos y el repliegue del Estado se haría por la vía del adelgazamiento de la administración pero no por la reducción de las prestaciones básicas en un país que, no lo olvidemos, sigue sin alejarse mucho de los seis millones de parados.

José Manuel Cansino Muñoz-Repiso. Profesor Titular de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.